miércoles, 26 de agosto de 2015

Escrito el viernes, octubre 14, 2005. Es realmente difícil encontrar sentencias más ciertas para el pragmatismo de las emociones que la contención de lo erótico y lo thanático en el ser humano. La muerte se contiene en el amor así como el amor se sustenta en la muerte, son contrarios que en falta desaparecen. Van unidos, cuando uno falla el otro lo supera. Uno puede matar de amor o de amor muriendo se puede desaparecer, el ars moriendi pasa necesariamente por una exhaustiva experiencia del eros. Esto es lo que conforma la gracia (y su contrario, por lo tanto su sustento: la miseria) del hombre. Todo anuncio de polaridad trae su sombra clavada a la espalda de la dicha desbordada. Un exceso de muerte por la circunstancia enfrentada trae de sombra una experiencia de amor que en el desdichado inflama su pérdida. De esta forma se fue Esenin. La gota que rebalsó el vaso del poeta enemistado con su entorno fue la pérdida del amor: Isadora Duncan. Lo mismo cinco años después con Maiacovski (aunque por gracia de otra mujer, dicen). Las palabras sólo retardan los finales de nuestras cotidianas (des)gracias... “Un aire, un aire, un aire, / un aire, / un aire nuevo: / no para respirarlo / sino para vivirlo.” Así Rojas y sus palabras quien, como cualquiera, no sabe qué se ama cuando se ama, como cualquiera al mismo tiempo sigue amando. El amor acalla las palabras, las hace innecesarias: “No puedo hablar, me quemaste la lengua con tus caricias, no puedo hablar. . . ¡y mi alma está ardiendo, ardiendo, ardiendo cual una gran ciudad otoñal incendiada por el sol enorme!... ...” (Pablo de Rokha). El dolor el dolor el dolor. “¿piensas que hablo / por mi herida? / ¡y por dónde / quieres que hable?!" (C. Bertoni). El momento en que tragar saliva sabe a tragar una rama de árbol seca. Por otro lado, dijo de Winétt “Contigo el pánico florece y las tristezas dan frutos dulces” (Pablo de Rokha). Subvierte lo real, como dijo Nietzsche “el amor es aquel estado en que el hombre ve, la mayoría de las veces, las cosas como no son.” En palabras de Dante “Quien sabe de dolor, todo lo sabe”. Es interesante observar que en ocasiones ni la muerte puede sobrepasar al amor cuando se ha construido una relación por años, una de las experiencias más fuertes en poesía acerca de ese trance del vivir al morir de la amada lo ha producido Armando Uribe Arce con el siguiente poema: "Se le pusieron pálidas las manos, / lívido el rostro, leve el soplo, / los labios entreabiertos sin aliento, / casi indecisos –siento / que imperceptiblemente amamos / lo que se va. Pero yo me le acoplo." El grito final silencioso a la memoria de la amada, conducente, inmanente a la muerte que camina por su rostro, al golpe final y trágico como todo final: "Muero de amor por una muerta / divinidad humanizada / por mí, que ahora yace yerta. / Me quiere no me quiere nada. / La quiero aunque sea esqueleto / con la carroña alrededor. / A sus pies seré roedor / puñado de cenizas feto." / Otro poeta que vivió el calvario mortal de la partida de la mujer amada es Pablo de Rokha, quien le dedica en su particular lenguaje versos cargados del dolor que horada su existencia, versos de una de las presencias más grandes del retrato del dolor por la pérdida de la amada: "...ahora la aurora / no volverá a asomar más, / y los mundos obscuros, / entrechocándose, / rodarán, conmigo adentro, / a la soledad enfurecida. Degüello mi lenguaje a tus pies y me arrojo / como un toro obscuro y desnudo / contra la nada."

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