miércoles, 26 de agosto de 2015
RECADO DEJADO PARA HOY
Escrito el viernes, noviembre 04, 2005
Es la madrugada del viernes cuatro de noviembre y vengo llegando de una reunión que tuve con amigos que he estado conociendo en el último tiempo. Reunión que obviamente fue llevada a cabo en un bar del centro de Santiago, lo que conlleva estados de conciencia provocados que todo lector imaginará. El motivo: la rendición de mi examen de grado.
Lo que me queda de este día, sin embargo, no tiene que ver con este asunto, que para cualquiera sería de principal importancia. La experiencia reciente de finalización formal de los estudios universitarios es materia obligada para la mayoría de las personas que han tenido la suerte de pasar por esta experiencia.
A mí me ha impresionado otra cosa. Tuve la oportunidad de aproximarme en este día a un texto que me emocionó y sorprendió profundamente.
Mi relación con Gabriela Mistral ha sido esencialmente abarcada por un respeto podría decir filogenético a su obra, intuitivo, en ningún caso desde la ontogénesis experiencial. Hoy tuve la oportunidad de aproximarme a algunas líneas algo perdidas de su obra, subrepticiamente olvidadas, quizá desde aquella periferia que termina haciendo grandes a los que se encuentran ocultos. No es el caso de la Mistral, por supuesto. Pero desde las escuetas relaciones que he establecido con ella, se me aparecieron como reveladoras de una sensibilidad no concebidas desde mi inexperta experiencia.
Las primeras palabras que quiero mostrar en este espacio, tienen que ver con un nivel de intimidad posiblemente motivado por ese amor jamás nunca de buena manera correspondido: Manuel Magallanes Moure. Quizá. Posiblemente, sin plena seguridad, él fue el destinatario.
Corresponde a una carta enviada a aquel muy eventualmente posible destinatario. Sólo algunas líneas:
"Hay el buen dolor y el mal dolor. Ha de ser el suyo el que /
rasga las cortezas del árbol y llena la herida de sabia rosada. Y /
de la sabia rosada ha alcanzado para mí un hilo perfumado. /
¡Bendito sea el buen dolor! /
Del mal dolor sé yo, no sabe Ud.: blasfema y hace subir /
del fondo en que estaban quietos, los malos sedimentos /
obscuros."
La supuesta carta continúa, pero prefiero dejarla hasta ahí. Creo que ya tenemos suficiente con eso. Al menos así fue para mí. Le dejo al lector posteriores emociones con respecto a ella.
Último texto que deseo situar en este rincón. Lo citaré completo, ya que fragmentarlo se me hace imposible. Desafío a quién me importe a no sentir identificación alguna, aunque sea como remota resonancia icónica, con estas palabras.
Título: MÍRAME, SOY TUYA.
Año: 1920.
"Quiébrame con tu pie pero que yo te sienta. Sopla sobre mí /
como el viento entre las ramas para darte mi rumor. /
¿Por qué no me miras? A cada instante levanto mi cabeza /
espiándote. Estoy siempre como el pájaro cuando amasa /
el ruido; levanto del suelo una pajita, la pego en el barro y te /
miro, vuelvo a bajar por otra pajilla y vuelvo a mirarte. /
Vísteme, voy desnuda. Ponme resplandor. Mira mi espalda, /
alta para una ancha púrpura. Mírame y me has vestido."
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